La bella alma de don Damián, Juan Bosch


Don Damián entró en la inconsciencia rápidamente, a compás con la fiebre que iba subiendo por encima de treinta y nueve grados. Su alma se sentía muy incómoda, casi a punto de calcinarse, razón por la cual comenzó a irse recogiendo en el corazón. El alma tenía infinita cantidad de tentáculos, como un pulpo de innúmeros pies, cada uno metido en una vena y algunos sumamente delgados metidos en vasos. Poco a poco fue retirando esos pies, y a medida que iba haciéndolo don Damián perdía calor y empalidecía. Se le enfriaron primero las manos, luego las piernas y los brazos; la cara comenzó a ponerse atrozmente pálida, cosa que observaron las personas que rodeaban el lujoso lecho. La propia enfermera se asustó y dijo que era tiempo de llamar al médico. El alma oyó esas palabras y pensó: “Hay que apresurarse, o viene ese señor y me obliga a quedarme aquí hasta que me queme la fiebre”.
Empezaba a clarear. Por los cristales de las ventanas entraba una luz lívida, que anunciaba el próximo nacimiento del día. Asomándose a la boca de don Damián -que se conservaba semiabierta para dar paso a un poco de aire- el alma notó la claridad y se dijo que si no actuaba pronto no podría hacerlo más tarde debido a que la gente la vería salir y le impediría abandonar el cuerpo de su dueño. El alma de don Damián era ignorante en ciertas cosas; por ejemplo, no sabía que una vez libre resultaba totalmente invisible.
Hubo un prolongado revuelo de faldas alrededor de la soberbia cama donde yacía el enfermo, y se dijeron frases atropelladas que el alma no atinó a oír, ocupada como estaba en escapar de su prisión. La enfermera entró con una jeringa hipodérmica en la mano.
-¡Ay, Dios mío, Dios mío, que no sea tarde! -clamó la voz de la vieja criada.
Pero era tarde. A un mismo tiempo la aguja penetraba en un antebrazo de don Damián y el alma sacaba de la boca del moribundo sus últimos tentáculos. El alma pensó que la inyección había sido un gasto inútil. En un instante se oyeron gritos diversos y pasos apresurados, y mientras alguien -de seguro la criada, porque era imposible que se tratara de la suegra o de la mujer de don Damián- se tiraba aullando sobre el lecho, el alma se lanzaba al espacio, directamente hacia la lujosa lámpara de cristal de Bohemia que pendía del centro del techo. Allí se agarró con suprema fuerza y miró hacia abajo; don Damián era ya un despojo amarillo, de facciones casi transparentes y duras como el cristal; los huesos del rostro parecían haberle crecido y la piel tenía un brillo repelente. Junto a él se movían la suegra, la señora y la enfermera; con la cabeza hundida en el lecho sollozaba la anciana criada. El alma sabía a ciencia cierta lo que estaba sintiendo y pensando cada una, pero no quiso perder tiempo en observarlas. La luz crecía muy de prisa y ella temía ser vista allí donde se hallaba, trepada en la lámpara, agarrándose con indescriptible miedo. De pronto vio a la suegra de don Damián tomar a su hija de un brazo y llevarla al pasillo; allí le habló, con acento muy bajo. Y he aquí las palabras que oyó el alma:
-No vayas a comportarte ahora como una desvergonzada. Tienes que demostrar dolor.
-Cuando llegue gente, mamá -susurró la hija.
-No, desde ahora. Acuérdate que la enfermera puede contar luego…
En el acto la flamante viuda corrió hacia la cama como una loca diciendo:
-¡Damián, Damián mío; ay, mi Damián! ¿Cómo podré yo vivir sin ti, Damián de mi vida?
Otra alma con menos mundo se hubiera asombrado, pero la de don Damián, trepada en su lámpara, admiró la buena ejecución del papel. El propio don Damián procedía así en ciertas ocasiones, sobre todo cuando le tocaba actuar en lo que él llamaba “la defensa de mis intereses”. La viuda lloraba ahora “defendiendo sus intereses”. Era bastante joven y agraciada, en cambio don Damián pasaba de los sesenta. Ella tenía novio cuando él la conoció, y el alma había sufrido ratos muy desagradables a causa de los celos de su ex dueño. El alma recordaba cierta escena, hacía por cierto pocos meses, en la que la mujer dijo:
-¡No puedes prohibirme que le hable! ¡Tú sabes que me casé contigo por tu dinero!
A lo que don Damián había contestado que con ese dinero él había comprado el derecho a no ser puesto en ridículo. La escena fue muy desagradable, con intervención de la suegra y amenazas de divorcio. En suma, un mal momento, empeorado por la circunstancia de que la discusión fue cortada en seco debido a la llegada de unos muy distinguidos visitantes a quienes marido y mujer atendieron con encantadoras sonrisas y maneras tan finas que sólo ella, el alma de don Damián, apreciaba en todo su real valor.
Estaba el alma allá arriba, en la lámpara, recordando tales cosas, cuando llegó a toda prisa un sacerdote. Nadie sabía por qué se presentaba tan a tiempo, puesto que todavía no acababa de salir el sol del todo y el sacerdote había sido visita durante la noche.
-Vine porque tenía el presentimiento; vine porque temía que don Damián diera su alma sin confesar -trató de explicar.
A lo que la suegra del difunto, llena de desconfianza, preguntó:
-¿Pero no confesó anoche, padre?
Aludía a que durante cerca de una hora el ministro del Señor había estado encerrado a solas con don Damián, y todos creían que el enfermo había confesado. Pero no había sucedido eso. Trepada en su lámpara, el alma sabía que no; y sabía también por qué había llegado el cura. Aquella larga entrevista solitaria había tenido un tema más bien árido; pues el sacerdote proponía a don Damián que testara dejando una importante suma para el nuevo templo que se construía en la ciudad, y don Damián quería dejar más dinero del que se le solicitaba, pero destinado a un hospital. No se entendieron y al llegar a su casa el padre notó que no llevaba consigo su reloj. Era prodigioso lo que le sucedía al alma, una vez libre, eso de poder saber cosas que no habían ocurrido en su presencia, así como adivinar lo que la gente pensaba e iba a hacer. El alma sabía que el cura se había dicho: “Recuerdo haber sacado el reloj en casa de don Damián para ver qué hora era; seguramente lo he dejado allá”. De manera que esa visita a hora tan extraordinaria nada tenía que ver con el reino de Dios.
-No, no confesó -explicó el sacerdote mirando fijamente a la suegra de don Damián-. No llegó a confesar anoche, y quedamos en que vendría hoy a primera hora para confesar y tal vez comulgar. He llegado tarde, y es gran lástima -dijo mientras movía el rostro hacia los rincones y las doradas mesillas, sin duda con la esperanza de ver el reloj en una de ellas.
La vieja criada, que tenía más de cuarenta años atendiendo a don Damián, levantó la cabeza y mostró dos ojos enrojecidos por el llanto.
-Después de todo no le hacía falta -aseguró-, que Dios me perdone. No necesitaba confesar porque tenía una bella alma, una alma muy bella tenía don Damián.
¡Diablos, eso sí era interesante! Jamás había pensado el alma de don Damián que fuera bella. Su amo hacía ciertas cosas raras, y como era un hermoso ejemplar de hombre rico y vestía a la perfección y manejaba con notable oportunidad su libreta de banco, el alma no había tenido tiempo de pensar en algunos aspectos que podían relacionarse con su propia belleza o con su posible fealdad. Por ejemplo, recordaba que su amo le ordenaba sentirse bien cuando tras laboriosas entrevistas con el abogado don Damián hallaba la manera de quedarse con la casa de algún deudor -y a menudo ese deudor no tenía dónde ir a vivir después- o cuando a fuerza de piedras preciosas y de ayuda en metálico -para estudios, o para la salud de la madre enferma- una linda joven de los barrios obreros accedía a visitar cierto lujoso departamento que tenía don Damián. ¿Pero era ella bella o era fea?
Desde que logró desasirse de las venas de su amo hasta que fue objeto de esa mención por parte de la criada, había pasado, según cálculo del alma, muy corto tiempo; y probablemente era mucho menos todavía de lo que ella pensaba. Todo sucedió muy de prisa y además de manera muy confusa. Ella sintió que se cocinaba dentro del cuerpo del enfermo y comprendió que la fiebre seguiría subiendo. Antes de retirarse, mucho más allá de la medianoche, el médico lo había anunciado. Había dicho:
-Puede ser que la fiebre suba al amanecer; en ese caso hay que tener cuidado. Si ocurre algo llámenme.
¿Iba ella a permitir que se le horneara? Se hallaba con lo que podría denominarse su centro vital muy cerca de los intestinos de don Damián, y esos intestinos despedían fuego. Perecería como los animales horneados, lo cual no era de su agrado. Pero en realidad, ¿cuánto tiempo había transcurrido desde que dejó el cuerpo de don Damián? Muy poco, puesto que todavía no se sentía libre del calor a pesar del ligero fresco que el día naciente esparcía y lanzaba sobre los cristales de Bohemia de que se hallaba sujeta. Pensaba que no había sido violento el cambio de clima entre las entrañas de su ex dueño y la cristalería de la lámpara, gracias a lo cual no se había resfriado. Pero con o sin cambio violento, ¿qué había de las palabras de la criada? “Bella”, había dicho la anciana servidora. La vieja sirvienta era una mujer veraz, que quería a su amo porque lo quería, no por su distinguida estampa ni porque él le hiciera regalos. Al alma no le pareció tan sincero lo que oyó a continuación.
-¡Claro que era una bella alma la suya! -corroboraba el cura.
-Bella era poco, señor -aseguró la suegra.
El alma se volvió a mirar y vio cómo, mientras hablaba, la señora se dirigía a su hija con los ojos. En tales ojos había a la vez una orden y una imprecación. Parecían decir: “Rompe a llorar ahora mismo, idiota, no vaya a ser que el señor cura se dé cuenta de que te ha alegrado la muerte de este miserable”. La hija comprendió en el acto el mudo y colérico lenguaje, pues a seguidas prorrumpió en dolorosas lamentaciones:
-¡Jamás, jamás hubo alma más bella que la suya! ¡Ay, Damián mío, Damián mío, luz de mi vida!
El alma no pudo más; estaba sacudida por la curiosidad y por el asco; quería asegurarse sin perder un segundo de que era bella y quería alejarse de un lugar donde cada quien trataba de engañar a los demás. Curiosa y asqueada, pues, se lanzó desde la lámpara en dirección hacia el baño, cuyas paredes estaban cubiertas por grandes espejos. Calculó bien la distancia para caer sobre la alfombra, a fin de no hacer ruido. Además de ignorar que la gente no podía verla, el alma ignoraba que ella no tenía peso. Sintió gran alivio cuando advirtió que pasaba inadvertida, y corrió, desolada, a colocarse frente a los espejos.
¿Pero qué estaba sucediendo, gran Dios? En primer lugar, ella se había acostumbrado durante más de sesenta años a mirar a través de los ojos de don Damián; y esos ojos estaban altos, a un metro y setenta centímetros sobre el suelo; estaba acostumbrada, además, al rostro vivaz de su amo, a su ojos claros, a su pelo brillante de tonos grises, a la arrogancia con que alzaba el pecho y levantaba la cabeza, a las costosas telas con que se vestía. Y lo que veía ahora ante sí no era nada de eso, sino una extraña figura de acaso un pie de altura, blanduzca, parda, sin contornos definidos. En primer lugar, no se parecía a nada conocido, pues lo que debían ser dos pies y dos piernas, según fue siempre cuando se hallaba en el cuerpo de don Damián, era un monstruoso y, sin embargo, pequeño racimo de tentáculos como los del pulpo, pero sin regularidad, unos más cortos que otros, unos más delgados que los demás y todos ellos como hechos de humo sucio, de un indescriptible lodo impalpable, como si fueran transparentes y no lo fueran, sin fuerza, rastreros, que se doblaban con repugnante fealdad. El alma de don Damián se sintió perdida. Sin embargo sacó coraje para mirar más hacia arriba. No tenía cintura. En realidad, no tenía cuerpo ni cuello ni nada, sino que de donde se reunían los tentáculos salía por un lado una especie de oreja caída, algo así como una corteza rugosa y purulenta, y del otro un montón de pelos sin color, ásperos, unos retorcidos, otros derechos. Pero no era eso lo peor, y ni siquiera la extraña luz grisácea y amarillenta que la envolvía, sino que su boca era un agujero informe, a la vez como de ratón y de hoyo irregular en una fruta podrida, algo horrible, nauseabundo, verdaderamente asqueroso, ¡y en el fondo de ese hoyo brillaba un ojo, su único ojo, con reflejos oscuros y expresión de terror y perfidia! ¿Cómo explicarse que todavía siguieran esas mujeres y el cura asegurando allí, en la habitación de al lado, junto al lecho donde yacía don Damián, que la suya había sido una alma bella?
-¿Salir, salir a la calle yo así, con este aspecto, para que me vea la gente? -se preguntaba en lo que creía toda su voz, ignorante aún de que era invisible e inaudible. Estaba perdida en un negro túnel de confusión. ¿Qué haría, qué destino tomaría?
Sonó el timbre. A seguidas la enfermera dijo:
-Es el médico, señora. Voy a abrirle.
A tales palabras la esposa de don Damián comenzó a aullar de nuevo, invocando a su muerto marido y quejándose de la soledad en que la dejaba.
Paralizada ante su propia imagen el alma comprendió que estaba perdida. Se había acostumbrado a su refugio, al alto cuerpo de don Damián; se había acostumbrado incluso al insufrible olor de sus intestinos, al ardor de su estómago, a las molestias de sus resfriados. Entonces oyó el saludo del médico y la voz de la suegra que declamaba:
-¡Ay, doctor, qué desgracia, doctor, qué desgracia!
-Cálmese, señora, cálmese -respondía el médico.
El alma se asomó a la habitación del difunto. Allí, alrededor de la cama se amontonaban las mujeres; de pie en el extremo opuesto a la cabecera, con un libro abierto, el cura comenzaba a rezar. El alma midió la distancia y saltó. Saltó con facilidad que ella misma no creía tener, como si hubiera sido de aire o un extraño animal capaz de moverse sin hacer ruido y sin ser visto. Don Damián conservaba todavía la boca ligeramente abierta. La boca estaba como hielo, pero no importaba. Por allá entró raudamente el alma y a seguidas se coló laringe abajo y comenzó a meter sus tentáculos en el cuerpo, atravesando las paredes interiores sin dificultad alguna. Estaba acomodándose cuando oyó hablar al médico.
-Un momento, señora, por favor -dijo. El alma podía ver al doctor, aunque de manera muy imprecisa. El médico se acercó al cuerpo de don Damián, le tomó una muñeca, pareció azorarse, pegó el rostro al pecho y lo dejó descansar ahí un momento. Después, despaciosamente, abrió su maletín y sacó un estetoscopio; con todo cuidado se lo colocó en ambas orejas y luego pegó el extremo suelto sobre el lugar donde debía estar el corazón. Volvió a poner expresión azorada; removió el maletín y extrajo de él una jeringa hipodérmica. Con aspecto de prestidigitador que prepara un número sensacional, dijo a la enfermera que llenara la jeringa mientras él iba amarrando un pequeño tubo de goma sobre el codo de don Damián. Al parecer, tantos preparativos alarmaron a la vieja criada.
-¿Pero para qué va a hacerle eso, si ya está muerto el pobre? -preguntó.
El médico la miró de hito en hito con aire de gran señor; y he aquí lo que dijo, si bien no para que le oyera ella, sino para que le oyeran sobre todo la esposa y la suegra de don Damián:
-Señora, la ciencia es la ciencia, y mi deber es hacer cuanto esté a mi alcance para volver a la vida a don Damián. Almas tan bellas como la suya no se ven a diario y no es posible dejarle morir sin probar hasta la última posibilidad.
Este breve discurso, dicho con noble calma, alarmó a la esposa. Fue fácil notar en sus ojos un brillo duro y en su voz cierto extraño temblor.
-¿Pero no está muerto? -preguntó.
El alma estaba ya metida del todo y sólo tres tentáculos buscaban todavía, al tacto, las venas en que habían estado años y años. La atención que ponía en situar esos tentáculos donde debían estar no le impidió, sin embargo, advertir el acento de intriga con que la mujer hizo la pregunta.
El médico no respondió. Tomó el antebrazo de don Damián y comenzó a pasar una mano por él. A ese tiempo el alma iba sintiendo que el calor de la vida iba rodeándola, penetrándola, llenando las viejas arterias que ella había abandonado para no calcinarse. Entonces, casi simultáneamente con el nacimiento de ese calor, el médico metió la aguja en la vena del brazo, soltó el ligamento de encima del codo y comenzó a empujar el émbolo de la jeringuilla. Poco a poco, en diminutas oleadas, el calor de la vida fue ascendiendo a la piel de don Damián.
-¡Milagro, Señor, milagro! -barbotó el cura.
Súbitamente, presenciando aquella resurrección, el sacerdote palideció y dio rienda suelta a su imaginación. La contribución para el templo estaba segura, ¿pues cómo podría don Damián negarle su ayuda una vez que él le refiriera, en los días de convalecencia, cómo le había visto volver a la vida segundos después de haber rogado pidiendo por ese milagro? “El Señor atendió a mis ruegos y lo sacó de la tumba, don Damián”, diría él.
Súbitamente también la esposa sintió que su cerebro quedaba en blanco. Miraba con ansiedad el rostro de su marido y se volvía hacia la madre. Una y otra se hallaban desconcertadas, mudas, casi aterradas.
Pero el médico sonreía. Se hallaba muy satisfecho, aunque trataba de no dejarlo ver.
-¡Ay, si se ha salvado, gracias a Dios y a usted! -gritó de pronto la criada, los ojos cargados de lágrimas de emoción, tomando las manos del médico-. ¡Se ha salvado, está resucitado! ¡Ay, don Damián no va a tener con qué pagarle, señor! -aseguraba.
Y cabalmente en eso estaba pensando el médico, en que don Damián tenía de sobra con qué pagarle. Pero dijo otra cosa. Dijo:
-Aunque no tuviera con qué pagarme lo hubiera hecho, porque era mi deber salvar para la sociedad un alma tan bella como la suya.
Estaba contestándole a la criada, pero en realidad hablaba para que le oyeran los demás; sobre todo para que le repitieran esas palabras al enfermo unos días más tarde, cuando estuviera en condiciones de firmar.
Cansada de oír tantas mentiras el alma de don Damián resolvió dormir. Un segundo después don Damián se quejó, aunque muy débilmente, y movió la cabeza en la almohada.
-Ahora dormirá varias horas -explicó el médico- y nadie debe molestarlo.
Diciendo lo cual dio el ejemplo, y salió de la habitación en puntillas.

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2 pensamientos en “La bella alma de don Damián, Juan Bosch

  1. 1) La alma de Don Damian despaciamente se desprendia del cuerpo de Don Damian con sus tentaculos de muchas medidas que parecian de pulpo. Al principio, fue retirando sus pies a la medida que se le iba la vida al cuerpo de Don Damian. Despues, llego a la boca y de alli si asomaba y miraba lo que estaba pasando de afuera. Cuando la aguja le penetraba el brazo de Don Damian aprovecho y sacaba los ultimos tentaculos de alli y finalmente se lanzo a la lampara. ” Poco a poco fue retirando esos pies…y el alma sacaba de la boca del muribundo sus ultimos tentaculos.” En estas dos citas describe poco las escenas de cuando la alma se estaba retrezodiendo de Don Damian.
    2)En los personajes no habia mucha variacion de caracter o personalidad. Por ejemplo, la esposa todo lo que estaba interesada en es el dinero. Ella hasta le dijo en la cara de su esposo ello, “! No puedes prohibirme que le hable! ! Tu sabes que yo nomas me case contigo por tu dinero! Con esta cita puedes ver como la esposa es una persona sin sentimientos y mas que nada materielista y egoista. Se peude decir que es egoista porque ni por un minuto se preocupo por el. ” No vayas a comportarte ahora como un desvergonzada. Tienes que demostrar dolor.
    Cuando llegue gente, mama- susurro la hija.
    No, desde ahora. Acuerdate que la enfermera puede contar luego…” En esa escena demuestra que ella nomas es una interesada sin sentimientos.
    La suegra tambien es muy parecida a la hija. A ella tambien nomas le interesaba el dinero y en cierta manera es peor que la hija porque ella es la que le estaba sugeriendo a la hija que figiera sentimientos para asegurarse del dinero. Por lo menas ella si demuestro poco de sus sentimientos de como ella pensaba ella de el cunado dijo, ” ! Claro que era una bella alma la suya!… Bella era poca, senor- aseguro la suegra.”
    Hasta el cura era un hipocrito e interesado. Puede ver eso porque cuando el segun fue a confesarlo el trato de hacer un trato para que el dejara parte de su dinero para que construyeran el nuevo templo. ” La contribucion para el templo estaba segura, pues como podria don Damian negarle su ayuda una vez que el le refierera, en los dias convalecencia, como le habia visto volver a la vida segundos despues de haber rogado por ese milagor?” Con esta cita se puede ver como al cura no le importaba si vivia o no con que le pagara lo que ocupaba para la construccion del tiemplo.
    La criada la unica que no tenia nada que era pobre era la unica que de veras si le dolia el fallacemiento de don Damian. ” La vieja sirvienta era una mujer veraz, que queria a su amo porque lo queria, no por su distinguida estampa ni porque el le hiciera regalos.” Esta cita claramente demuestra que ella era una persona carinosa con sentimientos dulces e amable que no es egoista como los demas.
    El doctor tambien se puede decir que es muy bueno con simpatia porque en cierta manera el sabia que a la mayoria nomas le importaba el dinero y no a don Damian. ” Aunque no tuviera con que pagarme lo hubiera hecho, porque era mi deber salvar para la sociedad un alma tan bella como la suya.” Como pueden ver el doctor estaba pensando en algo aparte del dinero que es su responsabilidad, deber y sentimientos de humano por otro.
    Don Damian era una persona que muchos dicen que tenia una bella alma y por eso podemos brincar a la conclusion que es una persona con amabilidad y no presumido aunque era rico. Tambien creo que en una cierta manera a el le importaba mas que nada el amor porque aunque el sabia que su esposa no lo queria el todavia se compremetio con ella. ” … No necesitaba confesar porque tenia una bella lama, una alma muy bella tenia don Damian.” Con esta cita se puede ver que muchos pensaban que tenia una alma muy bella es decir que fue una persona muy buena y noble.
    Creo que el pacto tuvo que ver mucho con la relacion tan destructiva entre ellos porque se pusieron de acuerdo de casarse cuando no habia amor mutualmente entre ellos. El pacto que tenian entre ellos es que la esposa se casaba con el si es que le dejaba el dinero y solo por el dinero aunque ella estaba enamorado con alguien mas.
    3) En este cuento se mira que se critica a la sociedad porque la mayoria de los personajes son materialistas y nomas les interesaban y importaban el dinero. Como hasta el cura segun el que debe ser el mejor de ellos no le importaba el espiritu del senor si no el dinero que iba a dejar atras. Tambien, hoy en la sociedad tambien se mira que muchas jovenes se casan con personas mayores por el dinero y no por el amor que es lo que de veras importa.” La viuda lloraba ahora ” defendiendo sus intereses”… ! Tu sabes que me case contigo por tu dinero!” Estas citas se relacionan con la sociedad porque muchas veces pasa esto. Esto tambien tiene que ver mucho con los valores morales porque con esto se dan cuenta que hoy en dia se prefiere mucho mas el dinero que cualquier otra cosa como la vida de alguien mas.
    4) Damian en cuerpo es un senor mayor como de setenta anos que era muy rico y que sabia manejar su dinero, alto con pelo lleno de muchas canas con ojos claros que cargaba la agorrancia en el.”, y como era un hermoso ejemplar de hombre rico y vestia a la perfeccion y manejaba con notable opurtunidad su libreta de banco..” Con esto se puede mirar un poco como es don Damian en cuerpo.
    Damian en espiritu era mas diferente muchos se refieren a ella como alma bella y mucha mas pensativa que contemplaba mas las cosas. Era pensativa porque se ponia a pensar los verdaderamente intenciones de los demas como lo del cura. Tambien se puede decir un poco que a ella le gustaba estar en donde sabia lo que esperba o como iban hacer las cosas por eso le gustaba estar con Damian.
    5) La resurrecion del cuerpo se debe que la alma queria meterse al cuerpo de don Damian para atras porque extranaba al cuerpo y a lo que estaba acostumbrado. Por eso cuando miro la oportunidad de meterse otra vez al cuerpo de don Damian brinco a ello. ” Pero que estaba sucediendo, gran Dios? En primer lugar, ella se habia acostumbrado durante mas de setenta anos a mirar a traves de los ojos de don Damian…” Con esa cita se puede destinguir un poco como la alma extranaba lo que ella estba impuesta y por eso queria entrar otra vez a su lugar donde ella pensaba que ella pertenecia que era el cuerpo de Don Damian. A todo eso se debe la resureccion del cuerpo de don Damian.

  2. Explica como poco a poco el alma se va desprendiendo del cuerpo.

    Analiza las actitudes de los personajes en la vida, su pacto y como fue que llegaron a establecer una relacion tan destructiva entre ellos.

    Comenta sobre la critica a la sociedad y a sus valores morales.
    Establece diferencias entre Damian cuerpo y Damian alma.

    A que se debe la resurreccion del cuerpo?

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