El hombre, Juan Rulfo (Español 2)

1Los pies del hombre se hundieron en la arena dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal. Treparon sobre las piedras, engarruñándose al sentir la inclinación de la subida; luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.

Pies planos —dijo el que lo seguía—. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan fulanos con estas señas. Así que será fácil.”

La vereda subía, entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres. Parecía un camino de hormigas de tan angosta. Subía sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allí y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.

Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin: “No el mío sino el de él”, dijo. Y volvió la cabeza para ver quién había hablado.

Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración: “Voy a lo que voy”, volvió a decir. Y supo que era él el que hablaba.

Subió por aquí, rastrillando el monte —dijo el que lo perseguía—. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. Eso lo perderá.”

Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. E1 cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia los matojos con el machete: “Se amellará con este trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”.

Oyó allá atrás su propia voz.

Lo señaló su propio coraje —dijo el perseguidor—. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca… Eso sucederá cuando yo te encuentre.”

Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo, medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró la casa enfrente de él, de la que salía el último humo del rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y le lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.

E1 que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.

No debí matarlos a todos —dijo el hombre—. ”Al menos no a todos”. Eso fue lo que dijo.

La madrugada estaba gris, llena de aire frío. Bajó hacia el otro lado, resbalándose por el zacatal. Soltó el machete que llevaba todavía apretado en la mano cuando el frío le entumeció las manos. Lo dejó allí. Lo vio brillar como un pedazo de culebra sin vida, entre las espigas secas.

El hombre bajó buscando el río, abriendo una nueva brecha entre el monte.

Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vuelta sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La hiedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.

El hombre encontró la línea del río por el color amarillo de los sabinos. No lo oía. Sólo lo veía retorcerse bajo las sombras. Vio venir las chachalacas. La tarde anterior se habían ido siguiendo, el sol, volando en parvadas detrás de la luz. Ahora el sol estaba por salir y ellas regresaban de nuevo.

Se persignó hasta tres veces. “Discúlpenme”, les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso. Se defiende aunque se haga a la resignación y el machete estaba mellado: “Ustedes me han de perdonar”, volvió a decirles.

Se sentó en la arena de la playa —eso dijo el que lo perseguía—. Se sentó aquí y no se movió por un largo rato. Esperó a que despejaran las nubes. Pero el sol no salió ese día, ni al siguiente. Me acuerdo. Fue el domingo aquel en que se me murió el recién nacido y fuimos a enterrarlo. No teníamos tristeza, sólo tengo memoria de que el cielo estaba gris y de que las flores que llevamos estaban desteñidas y marchitas como si sintieran la falta del sol.”

E1 hombre ese se quedó aquí, esperando. Allí estaban sus huellas: el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de su cuerpo abriendo un pozo en la tierra húmeda.”

No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre. Por allá hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que yo llevo. Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento. Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después. Así ahora, aunque no quiera, tengo que tener alguna señal. Así lo siento, por el peso, o tal vez el esfuerzo me cansó”. Luego añadió: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales… Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”

Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí —dijo el que iba detrás de él—. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues.”

Este no es el lugar —dijo el hombre al ver el río—.“Lo cruzaré aquí y luego más allá y quizá salga a la misma orilla. Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca”.

Pasaron más parvadas de chachalacas, graznando con gritos que ensordecían.

Caminaré más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede devolverme a donde no quiero regresar.”

Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos”.

Oía su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca. La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido.

¿Por qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría burlando de él. O tal vez no. “Tal vez esté lleno de rencor conmigo por haberlo dejado solo en nuestra última hora”. Porque era también la mía; era únicamente la mía. É1 vino por mí. No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, José Alcancía, frente a él y frente a ti y tú nomás llorabas y temblabas de miedo. Desde entonces supe quién eras y cómo vendrías a buscarme. Te esperé un mes, despierto de día y de noche, sabiendo que llegarías a rastras, escondido como una mala víbora. Y llegaste tarde. Y yo también llegué tarde. Llegué detrás de ti. Me entretuvo el entierro del recién nacido. Ahora entiendo. Ahora entiendo por qué se me marchitaron las flores en la mano.”

No debí matarlos a todos —iba pensando el hombre—. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote; aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara… Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa es encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”

El hombre entró a la angostura del río por la tarde. E1 sol no había salido en todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.

Estás atrapado —dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río—. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.”

E1 hombre vio que el río se encajonaba entre altas paredes y se detuvo. “Tendré que regresar”, dijo.

E1 río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.

Hijo —dijo el que estaba sentado esperando—: no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora”. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo. ¿De qué sirve explicar nada? No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con él. “No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”

El hombre recorrió un largo tramo río arriba.

En la cabeza le rebotaban burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con su estertor, por eso me di prisa.” “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.

Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de sus pantalones.

Lo vi desde que se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebasó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aire y estaba nublado.

Me estuve asomando desde el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.

Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujerados. vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura, huérfana.

Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar mis borregos, cuando lo volví a ver con la misma traza de desorientado.

Se metió otra vez al río, en el brazo de en medio, de regreso.

¿Qué traerá este hombre?”, me pregunté.

Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó zangoloteándolo como un reguilete, y hasta por poco y se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá a bajo, echando buches de agua hasta desentriparse.

Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.

Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría el remordimiento.

Ya lo decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Sólo soy un cuidador de borregos y hasta sí usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí bien tieso. Usted ni quien se lo quite que tiene la razón.

Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.

La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡De haberlo sabido!

Lo vi venir más flaco que el día antes con los huesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.

Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre.

Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva.

Se me arrimó y me dijo: “¿Son tuyas esas borregas?” Y yo le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.

No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más hobachona de mis borregas y con sus manos como tenazas le agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle creolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fueran a infestar los mordiscos que el hombre les había dado.

¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.

Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.

Y al otro día se volvió a aparecer. Al llegar yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.

Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le fallaban las piernas: “Camino y camino y ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros.” Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos. Eso me dijo. ¿Dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi? De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de mis borregas.

Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos.

Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.

Y estaba reflaco, como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó en las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los huesos hasta dejarlos pelones.

El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.

Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.

Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no se nada. ¡Con decirles que se comía mis mismas tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!

¿De modo que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ahora sí. ¿Y dice usted que me va a meter a la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco del río está un difunto. Y usted me alega que desde cuándo y cómo es y de qué modo es ese difunto. Y ahora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ahora sí.

Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado el modo de hacerlo perdidizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino. Él sólo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.

Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; pero era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.

Yo no voy a averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Alma Moreno dice:

    Quien es el hombre?

    En esta historia, hay tres puntos de vista que están expresados. El punto de vista del perseguidor, el que está perseguido, y el borreguero. Todos los puntos de vistas son enfocados al hombre que está perseguido. El hombre es un prófugo, el asesino de la familia Urquidi,  quien camina una larga distancia para escapar el seguimiento del único sobreviviente de la masacre, el padre de la Urquidi. 
    

    Durante la historia, el hombre que se está huyendo reflexiona sobre su crimen, expresando su vergüenza, y deseando que él no había matado a toda la familia, ya que era demasiado grande un crimen. “No debí matarlos a todos… No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda.” Se muestra a través de sus pensamientos que no era una mala persona completa porque él sólo mató a la familia debido a que el padre de la Urquidi mató a su hermano. También, se puede observar que el hombre era alguien que era una persona sentimental. Tuvo una familia, y apostó por su vida, y la vida de sus hijos durante un acto de venganza débil. “El solo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.”

    Como fue que culminó su vida?

    Hacia el final de la historia, el hombre llega a la tierra de un borreguero, después de volver de su ruta hacia el río de aguas altas. El borreguero sospecha que el hombre es el que cometió el crimen, pero el no quiere ser un chismoso. “Solo vengo a decirle lo que paso , sin quitar ni poner nada. “ El hombre huyendo del padre de la Urquidi se hace amigo con el borreguero, que salva su vida al darle comida, y hablando con él. La historia da un giro duro cuando el borreguero encuentra al hombre muerto, boca abajo en el río con sangre goteando de su rostro y el cuello. No hay una respuesta confirmada en cuanto a cómo el hombre murió, pero por la forma en que había agujeros de bala en la parte superior del cuerpo, se puede suponer que el culmino de su vida era la responsabilidad del hombre que estaba siendo perseguido fue asesinado por el padre de la Urquidi, mientras esperaba para el hombre al que volvió al río de las aguas altas, como se dijo antes. “Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperare aqui. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber donde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tu no la tienes, así que esa es mi ventaja.”
    
  2. yarely dice:

    Quien es el hombre?
    El hombre es el que mató a los familiares de los Urquidi. El solo quería matar a un solo hombre el mismo dice “ No debí matarlos a todos… No valía la pena echar ese tercio tan pesado en mi espalda Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleando de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote; aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara” esto quiere decir que él no tenía la intención de matar a todas esas personas el solo quería matar a un hombre pero como estaba oscuro no podia ver asi que mató a todos. El hombre estaba tratando de escapar porque sabía que lo estaban buscando porque personas tenían rencor sobre el porqué mató a personas así que se trató de escapar y camino por lugares donde el decia que no caminaba la gente. El hombre fue perseguido por su cazador hasta que por fin lo balazo por el río le dejó hoyos en la cabeza.

    Como fue que culminó su vida?

    yo diría que su vida estuvo llena de errores que él mismo cometió. El mato a gente asi que tenia enemigos que el no considero, el mismo dice “ Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa es encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.” esto enseña que él no pensó en las consecuencias de sus actos él siempre pensó que se iba sentir mejor cuando los matara y que iba a ser feliz porque se iba a escapar sin que nadie no encontrara tambien pienso que nadie los iba a extrañar y por eso decidió acabar con su vida. Yo diría que el solo se busco su muerte porque si yo fuera él yo hubiera de ver pensado en los otros familiares que a lo mejor iban a buscar venganza, y cuando se encontró con el que lo estaba siguiendo no supo que hacer asi que solo cruzo el río pero el sabia que lo iba a matar a él también. El esta siendo perseguido porque mató a la familia de su cazador. El está diciéndose a sí mismo que no hubiera matado a esa gente porque no valia la pena. El sabia que o iban a matar así que cuando le pidió a su cazador que lo dejara cruzar el río pero el cazador sabía que él iba a regresar porque dice “Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, refinado y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.” el cazador sabía que el hombre no iba a huir a un lugar muy lejos porque ya estaba viejo y que tenía que regresar porque él no iba a descansar hasta no cumplir con su venganza. Yo digo que ya se estaba arrepintiendo porque cuando iba a hablar con el borreguero le hablaba de su familia y hasta con lágrimas en los ojos. El borreguero empezó a sentir compasión sobre él y hasta le daba de comer porque el decía que se miraba muy flaco pero el no sabia cuanta gente habia matado y por eso lo ayudaba hasta el mismo decía “¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajó a puros leñazos.” el mismo dice que si hubiera sabido lo mataría también así que el hombre se busco su muerte porque si fuera inteligente el iba de ver sabido que iba a tener enemigos y que su vida iba acabar asi.

  3. Michelle Ramirez dice:

    Quien es el hombre?
    En el cuento, El Hombre, por Juan Rulfo se habla del personaje de un hombre, él cual no tiene un nombre asignado ni por el cual es llamado a lo largo del cuento, pero sabemos que este se llama, José Alcancía. Nos enteramos del nombre del personaje cuando su perseguidor dice, “…era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, José Alcancía,…” Con esta cita el perseguidor nos explica lo que esta pasando en el cuento y porque. El perseguidor nos cuenta como él habia matado al hermano de Jose y ahora Jose habia ido a su casa para matarlo, pero terminó por matar a su familia ya que este no se encontraba en su casa en la hora del asesinato. Sabemos que el perseguidor no se encontraba en su casa y que Jose habia matado a su familia entera cuando confiesa que, “La cosa es que yo no estuve contigo….No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con el.” Entonces sabemos que habia matado a la esposa, al hijo y al recién nacido. También sabemos que mata a los tres porque Jose se seguía diciendo, “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar…” Otra información que también tenemos del hombre es de su apariencia física. Tenemos entendido que Jose, después del asesinato quedó muy flaco, debilitado y hambreado, ya que se escondía en el monte junto al río y comía las hierbas y ajolotes que se encontraba en su camino. Esto nos lo informó el borreguero, que se encontró con Jose, y dijo, “Lo vi venir más flaco que el día antes con los huesos afuerita del pellejo,” y, “Lo vi beber agua…pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes,” y, “se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago…“El animalito murió de enfermedad”, le dije yo. Pero cómo si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.” Por su parte, Jose, confiesa que, “Se me doblan las piernas de la debilidad…, que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos.” Ademas somos enterados de que Jose tenia, “Pies planos…. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo.” Psicológicamente podemos decir que Jose estaba enfurecido por el asesinato de su hermano y buscaba venganza, por lo cual podemos inferir que no sintió remordimiento al matar a los Urquidi. Esta se comprueba cuando después de decirse que no debio haber matado a toda la familia este se consolaba al decirse que estuvo bien lo que hizo. Jose se decía, “Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.” También se dijo, “…así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz.”
    Como fue que culminó su vida?
    El hombre llegó a darle fin a su vida o llego al punto más significativo,más alto, de su vida cuando mata a la familia Urquidi. Este es el clímax de su vida porque esta acción que toma, esta decision de matar a la familia entera del señor Urquidi es la que define y marca sus últimos días. Sí Jose no hubiera buscado venganza por la muerte de su hermano él todavía estuviera con su esposa y sus hijos, en lugar de estar con el borreguero a quien le, “contaba de su mujer y de sus chamacos. Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.” El asesinato que cometió fue significativo a su vida porque de no haber matado a la familia Urquidi, él señor Urquidi no lo estuviera persiguiendo y tramando su muerte. Sabemos que Urquidi busca la muerte de Jose porque sus soliloquios siempre trataban de como lo mataria. En ellos decía, “Estás atrapado…Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia los cajones, hacia tu propio cajón…. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala.” También planeaba en, “subir por donde subió, después bajaré por donde bajó,… donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillara y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca…” La vida de Jose finalmente terminó cuando Urquidi lo encontró en el rió y lo balacio tal y como lo tenía planeado desde la muerte de su familia y fue encontrado por el borreguero y describe, “…que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza…hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.”

  4. JCPozo dice:

    Quien es el hombre?
    Como fue que culmino su vida?

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