El amigo fiel, Oscar Wilde (Español 1)


Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojillos redondos y brillantes y unos poblados bigotes grises, y su cola parecía una larga goma negra. Unos pequeños patos nadaban en el estanque y parecían una bandada de canarios amarillos, y su madre, que era de un blanco purísimo, con patas de rojo vivo, intentaba enseñarles cómo había que meter la cabeza en el agua.
–Nunca podréis ser de la buena sociedad si no sabéis hundir la cabeza –les decía. Y les volvía a enseñar cómo se hacía. Pero los patitos no ponían atención. Eran tan jóvenes que no conocían las ventajas de formar parte de la buena sociedad.
–¡Qué niños tan desobedientes! –exclamó la vieja rata de agua–. En verdad que merecían ahogarse.
–Nada de eso –contestó la pata–; todo tiene su principio y los padres tienen que ser pacientes.
–¡Ah! Yo no sé nada de los sentimientos de los padres –dijo la rata de agua–. No tengo familia. En resumen, nunca he estado casada ni he intentado estarlo. El amor está muy bien, pero la amistad es algo mucho más elevado. Realmente, no sé que haya nada en el mundo más noble y más raro que una amistad fiel.
–Te ruego que me digas cuál es tu idea de los deberes de un amigo fiel –dijo un jilguero verde que estaba en un sauce y había escuchado la conversación.
–Sí, eso es precisamente lo que yo quiero saber –dijo la pata. Y se dirigió al extremo del estanque, introduciendo la cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.
–¡Qué pregunta más tonta! –exclamó la rata de agua–. Un amigo fiel es simplemente el que nos demuestra fidelidad, naturalmente.
–¿Y qué le darías tú a cambio? –preguntó el pajarillo, balanceándose en una rama plateada y agitando las alas.
–No te entiendo –contestó la rata de agua.
–Permíteme que te cuente una historia sobre el tema –dijo el jilguero.
–¿Es una historia referente a mí? –preguntó la rata de agua–. Si es así, la escucharé, porque me gustan mucho los cuentos.
–Es aplicable a ti –contestó el jilguero. Y bajó volando del árbol, se posó a la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.
–Érase una vez –dijo el jilguero– un hombre muy honrado llamado Hans.
–¿Era una persona muy distinguida? –preguntó la rata de agua.
–No –contestó el jilguero–, no creo que se distinguiera por nada, excepto por su buen corazón y su cara redonda y alegre. Vivía en una pequeña casita y todos los días trabajaba en su jardín. En toda aquella parte del país no había un jardín tan bello como el suyo. Allí crecían alhelíes, claveles y rosas de Francia. Había rosas de Damasco, rosas amarillas, azafranes lilas y oro y violetas blancas y purpúreas. Las mejoranas, velloritas, agavanzos, narcisos y claveros se sucedían según los meses, y una flor sustituía a la otra, así que siempre había algo bello que mirar y algún agradable aroma que oler.
“El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más fiel de todos era el obeso Hugo, el molinero. Realmente, tan fiel era el rico molinero con el pequeño Hans, que nunca atravesaba su jardín sin inclinarse sobre las plantas y recoger un gran ramo de flores o verduras, o llenar sus bolsillos de cerezas o ciruelas, si era la época de la fruta.
–Los verdaderos amigos deben compartirlo todo –solía decir el molinero–; y el pequeño Hans asentía sonriendo y se sentía muy orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles. Sin embargo, algunas veces los vecinos pensaban que era muy extraño que el rico molinero nunca le diera nada a cambio al pequeño Hans, aunque tenía cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran rebaño de ovejas; pero Hans nunca se preocupó de estas cosas y nada le daba un placer tan grande como el escuchar todas las maravillosas palabras que el molinero acostumbraba decir sobre el desinterés de la amistad verdadera.
” Así, pues, el pequeño Hans trabajaba en su jardín. Durante la primavera, el verano y el otoño era muy feliz, pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni flores para llevar al mercado, pasaba mucho frío y hambre y, frecuentemente, se iba a la cama sin haber cenado más que unas pasas secas y unas nueces duras. También en el invierno se encontraba solo, pues entonces el molinero nunca venía a verle.
”–No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras haya nieve –solía decirle el molinero a su esposa–, porque cuando la gente tiene alguna preocupación les gusta estar solos y no tener visitas. Ésa, al menos, es mi idea de la amistad, y estoy seguro de que tengo razón. Así que esperaré a que llegue la primavera y entonces le haré una visita y él me dará una gran cesta de velloritas y le haré muy feliz.”
–Ciertamente eres muy atento con los demás –le contestaba su esposa, sentada al fuego en un gran sillón–; en verdad que eres muy atento. Es muy agradable oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que ni el sacerdote podría decir las cosas que dices tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el dedo meñique.”
–Pero, ¿no podríamos invitar al pequeño Hans a que viniera aquí? –dijo el niño más joven del molinero–. Si el pobre Hans está necesitado yo le daré la mitad de mi comida y le enseñaré mis conejos blancos.
”–¡Qué tonto eres! –exclamó el molinero–. Realmente no sé qué utilidad tiene el enviarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí y viera nuestro fuego, nuestra buena comida y nuestra gran cuba de vino tinto, podría estar envidioso y la envidia es la cosa más terrible y echa a perder el carácter de cualquiera. Y yo, desde luego, no permitiré que el carácter de Hans se eche a perder. Soy su mejor amigo y siempre velaré por él y procuraré que no caiga en ninguna tentación. Además, si Hans viniera aquí podría pedirme que le prestara un poco de harina, y eso no puedo hacerlo. La harina es una cosa y la amistad es otra, y ambas no deben confundirse. Las dos palabras se escriben diferente y significan cosas completamente diferentes. Todo el mundo sabe eso.”
–¡Qué bien hablas! –dijo la esposa del molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente–. Estoy como inconsciente. Como si estuviera en la iglesia.”
–Mucha gente obra bien –contestó el molinero–, pero muy pocos hablan bien, lo cual demuestra que hablar es mucho más difícil y más bello.”
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, el cual se sintió tan avergonzado que bajó la cabeza, se puso colorado y comenzó a llorar encima de su taza de té. Realmente era tan joven que podía perdonársele.
–¿Éste es el final de la historia? –preguntó la rata de agua.
–Desde luego que no –contestó el jilguero–; éste es el principio.
–Entonces andas muy atrasado para esta época –dijo la rata de agua–. Todos los buenos cuentistas de nuestros días empiezan por el final y después continúan por el principio y acaban por la mitad. Ése es el nuevo método. Lo oí el otro día de labios de un crítico que paseaba alrededor del estanque con un joven. Hablaba del asunto con gran conocimiento, y estoy segura que debía estar en lo cierto, porque llevaba gafas azules y era calvo, y cuando el joven le hacía alguna observación siempre contestaba: “¡Psche!” Pero te ruego que sigas con tu historia. Me gusta mucho el molinero. Posee toda clase de bellos sentimientos; así, pues, tiene que existir entre ambos una gran simpatía.
–Bien –dijo el jilguero, saltando sobre una pata y después sobre la otra–, tan pronto como pasó el invierno y las velloritas comenzaron a abrir sus estrellas de color amarillo pálido, el molinero le dijo a su mujer que iba a ver al pequeño Hans.
”–¡Qué buen corazón tienes! –exclamó ella–. Siempre estás pensando en los demás. Acuérdate de llevar la cesta grande para traer las flores.
” Así, pues, el molinero ató las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó por la colina con la cesta al brazo.
”–Buenos días, pequeño Hans –dijo el molinero.”– Buenos días –dijo Hans, apoyándose en su azada y sonriendo de oreja a oreja.”–¿Cómo te ha ido durante el invierno? –dijo el molinero.
”–Bien, muy bien –exclamó Hans–. Es muy amable por tu parte el preguntármelo; muy amable, en verdad. Me temo que he tenido que pasar días duros, pero ahora ha llegado la primavera y soy completamente feliz, y todas mis flores están espléndidas.
”–Muchas veces hablábamos de ti durante el invierno, Hans –dijo el molinero–, y nos preguntábamos qué tal estarías.”–Eres muy amable –dijo Hans–. Siempre temí que me hubieras olvidado.
”–Hans, eso me sorprende –dijo el molinero–. La amistad nunca se olvida. Eso es lo más maravilloso de ella, pero me temo que tú no entiendes la poesía de la vida. ¡Qué bellas son tus velloritas!
”–Ciertamente, son muy bellas –dijo Hans–, y tengo mucha suerte al poseer tantas. Voy a llevarlas al mercado y se las venderé a la hija del burgomaestre, y así podré volver a comprar con ese dinero mi carretilla.”–¿Volver a comprar tu carretilla? ¿Quieres decir que la has vendido? ¡Qué estupidez!”–Bueno, el hecho es –dijo Hans– que me vi obligado a hacerlo. Ya sabes que el invierno es muy malo para mí y que no tengo dinero para comprar pan. Así, pues, primero vendí los botones de plata de mi traje de los domingos, después vendí mi cadena de plata, después mi gran flauta y por último la carretilla. Pero ahora voy a comprarlo todo de nuevo.”–Hans –dijo el molinero–, yo te daré mi carretilla. No está en muy buen uso; en realidad, le falta un lado y tiene estropeados algunos radios; pero a pesar de eso te la daré. Sé que soy muy generoso y mucha gente pensará que hago una tontería, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además tengo una carretilla nueva. Sí, no tienes que preocuparte; te daré mi carretilla.
”–Realmente eres muy generoso –dijo el pequeño Hans; y su rostro alegre y redondo se puso reluciente de placer–. Puedo repararla fácilmente, porque tengo en casa una tabla.
”–¡Una tabla! –dijo el molinero–. Eso es justamente lo que yo quiero para el techo de mi granero. Hay un agujero muy grande y el grano se mojará si no lo tapo. ¡Qué suerte que la mencionaras! Desde luego una buena acción siempre hace nacer otra. Yo te he dado mi carretilla y ahora tú me darás tu tabla. Naturalmente, la carretilla vale más que la tabla, pero la verdadera amistad nunca tiene en cuenta estas cosas. Te ruego que me la des ahora, pues me pondré a trabajar en mi granero hoy mismo.
”–Desde luego –exclamó el pequeño Hans; y se metió corriendo en su casa, sacando al momento la tabla.
”–No es muy grande –dijo el molinero mirándola–, y me temo que después que yo haya arreglado el techo de mi granero tú no tendrás con qué arreglar la carretilla; pero, desde luego, eso no es culpa mía. Y ahora, como te he dado mi carretilla, estoy seguro que querrás darme a cambio algunas flores. Aquí está la cesta; espero que la llenes del todo.
”–¿Llenarla del todo? –dijo el pequeño Hans tristemente, porque era en verdad una cesta muy grande y él sabía que si la llenaba se quedaría sin flores para llevar al mercado, y estaba ansioso por recuperar sus botones de plata.
”–Bueno, realmente –contestó el molinero–, como te he dado mi carretilla no creo que sea mucho pedir unas pocas flores. Puede ser que me equivoque, pero creo que la amistad, la verdadera amistad, está libre de todo egoísmo.
”–Mi querido amigo, mi mejor amigo –exclamó el pequeño Hans–, todas las flores de mi jardín son tuyas. Me importa mucho más que tengas una buena opinión de mí que volver a tener mis botones de plata.
”Y corrió a coger todas sus velloritas y llenó la cesta del molinero.
”–Adiós, pequeño Hans –dijo el molinero, y se marchó colina arriba con la tabla al hombro y la gran cesta al brazo.
”–Adiós –dijo el pequeño Hans; y empezó a cavar alegremente, pues estaba muy contento de volver a tener carretilla.
”Al día siguiente estaba sujetando unas enredaderas sobre el porche cuando oyó la voz del molinero que le llamaba desde la carretera. Saltó de la escalera, atravesó el jardín y miró por encima del muro. Allí estaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda.
”–Querido Hans –dijo el molinero–, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado?”–¡Oh! Lo siento –dijo Hans–, pero estoy muy ocupado hoy. Tengo que sujetar las enredaderas, regar todas mis flores y segar el césped.
”–Bueno –dijo el molinero–, creo que considerando que voy a darte mi carretilla no es de buen amigo el negarte.
”–¡Oh! Yo no he dicho eso –exclamó el pequeño Hans–. No me negaría por nada del mundo.
”Y corrió a coger su gorro y salió con el saco al hombro. Era un día caluroso y la carretera estaba llena de polvo, y antes que Hans hubiera recorrido seis millas estaba tan fatigado que se sentó a descansar. Sin embargo, continuó su camino con muchas energías, hasta que por fin llegó al mercado. Después de estar allí algún tiempo, vendió el saco de harina por un buen precio y volvió a casa inmediatamente, porque temía que si se entretenía demasiado podría encontrarse con ladrones en el camino.
”–Ciertamente ha sido un día duro –se dijo el pequeño Hans cuando se metía en la cama–, pero estoy contento de no haberme negado a hacer el encargo del molinero, porque es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.”Por la mañana temprano el molinero volvió por el dinero del saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que aún se encontraba en la cama. ”–¡Qué perezoso eres! –dijo el molinero–. Realmente, considerando que voy a darte mi carretilla, creo que deberías trabajar más. La pereza es un gran pecado, y no me gusta que ninguno de mis amigos sea vago o perezoso. Te hablo sin ningún rodeo. Desde luego, ni soñaría en hacerlo si no fuera tu amigo. Pero, ¿qué tendría de bueno la amistad si uno no pudiera decir lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas encantadoras e intentar hacerse agradable y hacer halagos, pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables y no le preocupa causar dolor. En verdad, si es realmente un verdadero amigo, lo prefiere, porque sabe que está obrando bien.
”–Lo siento mucho –dijo el pequeño Hans frotándose los ojos y quitándose el gorro de dormir–, pero estaba tan cansado que pensé quedarme en la cama un poco más y escuchar el canto de los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor después de oír cantar a los pájaros?
”–Bueno, me alegro de eso –dijo el molinero golpeándole la espalda amistosamente–, porque quiero que vayas al molino, tan pronto como te hayas vestido, para arreglar el techo de mi granero.
”El pobre Hans estaba deseando trabajar en su jardín, porque no había regado sus flores desde hacía dos días, pero no quería negarse a la petición del molinero, pues éste era un formidable amigo para él.
”–¿Crees que no sería amistoso por mi parte el decirte que estoy ocupado? –inquirió dando un suspiro y con voz tímida.”–Realmente –contestó el molinero–, no creo que sea mucho pedirte considerando que voy a darte mi carretilla; pero, desde luego, si te negaras iré a hacerlo yo mismo.
”–¡Oh! ¡De ningún modo! –exclamó el pequeño Hans, y saltó de la cama, se vistió y se fue al granero.
”Trabajó todo el día, hasta el atardecer, y entonces vino el molinero a ver qué tal iba la tarea.
”–¿Has tapado ya el agujero, pequeño Hans? –exclamó el molinero con voz alegre.
”–Está completamente tapado –contestó el pequeño Hans, bajando la escalera.
”–¡Ah! –dijo el molinero–. No hay trabajo tan agradable como el que se hace para el prójimo.
”–Ciertamente es un gran privilegio oírte hablar –respondió el pequeño Hans sentándose y secando el sudor de su frente–. Un gran privilegio. Pero temo que nunca tendré ideas tan bellas como las tuyas.
”–¡Oh! Las tendrás –dijo el molinero–, pero debes tomarte más interés. En el presente sólo tienes la práctica de la amistad; algún día tendrás también la teoría.
”–¿Crees eso realmente? –preguntó el pequeño Hans.
”–No me cabe duda –contestó el molinero­–; pero ahora que has arreglado el tejado, lo mejor es que te vayas a casa a descansar, porque mañana deseo que lleves mi rebaño a la montaña.
”El pobre Hans no osó poner ninguna objeción a esto, y por la mañana temprano el molinero trajo su rebaño hasta su casa y Hans se marchó con las ovejas a la montaña. Entre ir y volver se le fue todo el día, y cuando regresó estaba tan cansado que se durmió en su silla y no se despertó hasta bien avanzada la mañana.
”–¡Qué delicioso tiempo tendré en mi jardín! –dijo; y salió a trabajar al momento.
”Pero nunca pudo volver a cuidar sus flores, porque su amigo el molinero venía siempre para enviarle a un largo recado o para llevarle a él a trabajar al molino. El pequeño Hans a veces estaba muy preocupado, pues temía que sus flores pensaran que las había olvidado, pero se consolaba diciéndose que el molinero era su mejor amigo.
”–Además –solía decir–, va a darme su carretilla, y ese es un acto de pura generosidad.
”Y el pequeño Hans trabajó para el molinero, y éste le dijo toda clase de cosas bellas acerca de la amistad, las cuales Hans anotó en un cuaderno y leyó por las noches, porque era muy buen discípulo.
”Ahora bien: una noche que Hans estaba sentado junto al fuego oyó que llamaban muy fuerte en su puerta. Era una noche de perros y el viento soplaba alrededor de la casa tan terriblemente que al principio creyó que el ruido era de la tormenta. Pero se oyó un segundo golpe y después un tercero más fuerte que los otros.
”–Será algún pobre viajero –dijo el pequeño Hans para sí; y corrió hacia la puerta.
”Allí estaba el molinero con una linterna en una mano y un gran bastón en la otra.
”–Querido Hans –exclamó el molinero–, tengo un gran problema. Mi hijito se ha caído de una escalera y se ha herido. Voy a buscar al doctor. Pero vive tan lejos y hace tan mala noche, que se me ha ocurrido que sería mucho mejor que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte mi carretilla y es justo que tú me des algo a cambio.
”–Ciertamente –exclamó el pequeño Hans–. Me gusta poder ayudarte y saldré inmediatamente. Pero debes dejarme tu linterna, pues la noche es tan oscura que tengo miedo de caer en un precipicio.
”–Lo siento mucho –contestó el molinero–, pero es mi linterna nueva y sería para mí una gran pérdida si le ocurriera algo.
”–Bueno, no importa; iré sin ella –exclamó el pequeño Hans.
”Tomó su abrigo de pieles, su gorra escarlata, se envolvió el cuello con una bufanda y salió.
”¡Qué tormenta tan horrorosa había! La noche era tan negra que el pequeño Hans casi no podía ver y el viento era tan fuerte que casi no podía andar. Sin embargo, era muy animoso, y después de andar tres horas llegó a casa del doctor y llamó a la puerta.
”–¿Quién es? –exclamó el doctor, asomando la cabeza por la ventana del dormitorio.
”–El pequeño Hans, doctor.”–¿Qué quieres, pequeño Hans?
”–El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha herido, y el molinero quiere que vaya usted inmediatamente.”–¡Muy bien! –dijo el doctor.
”Tomó sus grandes botas y su linterna, bajó las escaleras, montó en su caballo y galopó en dirección a la casa del molinero, con el pequeño Hans caminando tras él trabajosamente.
”Pero la tormenta iba creciendo cada vez más y la lluvia caía a torrentes, y el pequeño Hans no podía ver por dónde iba ni podía seguir al caballo. Por fin se perdió y anduvo por el pantano, que era un lugar muy peligroso, pues estaba lleno de profundos agujeros, y el pobre Hans cayó en uno de ellos. Su cuerpo lo encontraron al día siguiente unos pastores flotando en un gran charco de agua y lo llevaron a su casa.
”Todos fueron al funeral del pequeño Hans, pues era muy popular, y el molinero presidió el duelo.
”–Como yo era su mejor amigo –dijo el molinero–, es lógico que ocupe este puesto.
”Y caminó a la cabeza de la procesión con una gran capa negra, limpiándose los ojos de cuando en cuando con un gran pañuelo.
”–El pequeño Hans ha sido ciertamente una gran pérdida para todos –dijo el herrero cuando terminó el funeral.
”Y todos se sentaron confortablemente en la fonda a beber vino aromático y a comer pasteles dulces.
”–Una gran pérdida para mí –contestó el molinero–, porque iba a darle mi carretilla, y ahora realmente no sé qué hacer con ella. Está en tan mal estado que no podría conseguir nada si la vendiera. Ya no volveré a dar nada. En verdad, uno sufre por ser generoso.”
–¿Y bien? –dijo la rata de agua después de una larga pausa.
–Ése es el final –dijo el jilguero.
–Pero, ¿qué fue del molinero? –preguntó la rata de agua.
–¡Oh! Realmente no lo sé –replicó el jilguero–. Y tampoco me preocupa.
–Es evidente que no tienes un carácter simpático –dijo la rata de agua.
–Temo que no hayas comprendido la moraleja de la historia –dijo el jilguero.
–¿La qué? –exclamó la rata de agua.
–La moraleja.
–¿Quieres decir que la historia tiene una moraleja?
–Ciertamente –dijo el jilguero.
–Eso debías habérmelo dicho antes de empezar –dijo la rata de agua en tono de enfado–. Si lo hubieras hecho no te habría escuchado. Te hubiera dicho: “¡Psche!”, como el crítico. Sin embargo, puedo decírtelo ahora. Y exclamó “¡Psche!” con toda la potencia de su voz; y haciendo un movimiento con el rabo se metió en su agujero.
–¿Qué te parece la rata de agua? –preguntó la pata, que se acercó unos minutos después–. Tiene buenas virtudes; pero por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un soltero empedernido sin que mis ojos se llenen de lágrimas.
–Temo haberle molestado –contestó el jilguero–. El hecho es que le conté una historia con moraleja.
–¡Ah! Eso siempre es muy peligroso –dijo la pata.
Y yo estoy de acuerdo con ella.

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The Hunchback, The Pool And The Magic Ring, Maurice Baring

There was once upon a time a King and a Queen who had three sons. The two eldest were big and strong, but the third was a cripple and a hunchback, because a wicked fairy, whom the Queen had forgotten to invite to his christening, had cast a spell over him in his cradle. Yet the King and the Queen loved their third son best of all, and this made his brothers jealous. When the three brothers were grown up, the King fell sick, and he knew that he was going to die. And so he called his three sons to him on his deathbed.

“Now that you are big and strong,” he said to the two eldest, “it is time you went out into the world to seek your fortune. I will give to each of you a good horse, a suit of armour, a bag of gold, and a sharp sword; and to you,” he said to the youngest, “I will give this castle, because you are not strong enough to go and seek your fortune for yourself. So you shall stay at home and look after your mother.”

And soon after he had said this he died.

Now the two eldest brothers were very angry because the hunchback had been given the castle, and they said to each other: “Our father was old and feeble and did not know what he was doing: we will not give our brother the castle. Indeed, it would be of no use to him, but we will keep it for ourselves, and we will get rid of him, because it is a disgrace to have a hunchback in the family.”

So they told their mother that they were going to take their brother with them, to show him the world, and they promised to look after him carefully. They started the next day, early in the morning, and when they had reached a large forest, they told the hunchback that he must seek his fortune by himself, and they took away his horse from him and his sword and his cloak. And the next day they rode home to the castle and said that their brother had been eaten by a bear in the night, entirely owing to his own fault.

When the young prince was left to himself, he was very sad, and did not know what to do, and he sat down by the side of a pool and cried bitterly. As he was crying, he heard a voice coming out of the pool and asking him what was the matter.

“I am crying,” he said, “because I am a hunchback and I have been deserted by my two brothers,” and he told all his story. Then he heard the voice laugh softly and say that everything could be put to rights. “Look into the pool,” said the voice, “and tell me what you see at the bottom of it.”

The hunchback looked, and said that he saw a gold ring.

“You must pull out the gold ring and put it on your finger,” said the voice.

The hunchback thrust his arm into the pool and pulled out a gold ring, and no sooner had he put it on his finger than a beautiful woman stood in front of him. She had golden hair which fell to her feet, and large, soft eyes, and he thought she must be a fairy. And so she was: but she had been imprisoned in the pool by the same wicked fairy who had not been invited to the christening of the young Prince.

“You have done me a great service,” said the fairy, “and I will not be ungrateful. Look into the pool.”

The hunchback looked into the pool and saw his own reflection. But something wonderful had happened, for he was no longer hunchbacked, but far taller and stronger than his brothers, and the handsomest and most gallant-looking young Prince that the world had ever seen.

“Now,” said the fairy, “all will be well with you. You have only to go into the world and you will make your fortune; but you must remember carefully what I tell you now. You must not lose the ring which I have given you, and never take it off your finger; and above all things you must never put it back into the pool. For whenever you take it off your finger, you will become a hunchback once more, and if you put it back into the pool, you will remain a hunchback for ever.” And so saying the fairy disappeared.

Then the hunchback walked through the forest, whistling for joy; and at sunset he reached a large town. As soon as he reached the town, a large coach drawn by six cream-coloured horses passed him, and in the coach was a beautiful Princess, driving with her father, who was King of the country. Directly she caught sight of the Prince she stopped the coach and begged him to get in, and they drove to the palace. “At last,” she said to her father, “I have found a man whom I will consent to marry.”

And when the King, her father, learnt who the stranger was, he was very pleased, and offered him the hand of his daughter. And the Prince learned that from far and wide suitors had come to seek the hand of the Princess, but she had never been willing to look at any of them. And as the King was anxious that his daughter should marry, because she had a bad temper, he was very pleased at what had happened.

The Prince consented readily enough to marry so beautiful a Princess; but when they were left alone he told her all his story. The Princess did not believe it, and so as to prove the truth of his words he took off his ring, and he stood before her in his true shape, a cripple and a hunchback.

The Princess screamed and burst into a flood of tears, and abused the poor Prince, and although he had put the ring on again and resumed his splendid shape, she bade him begone out of her sight for ever. “For how could I marry a man,” she said, “who might turn into a monster if he happened to lose a ring?”

So the Prince went away with a heavy heart, and started on his travels once more. He travelled far, and visited many cities, and wherever he went he was received with the greatest favour; for no one had ever seen so handsome a Prince, and many kings offered him their daughters in marriage. But the Prince turned a deaf ear now to their offers, and he was sad at heart, for he felt that the magic gift which he had received brought him no happiness, and he knew that he was wearing a mask and deceiving himself and the whole world.

Now it happened that one day during his travels he reached the seashore, and as darkness was falling he asked for shelter from a fisherman who had a hut on the beach. The fisherman bade him welcome, and told his wife to bring him some porridge. And as he sat eating his supper the fisherman’s daughter worked at her spinning-wheel in the corner of the room, and sang a song which was like this:–

“He brought me silver, he brought me gold,
I bade him go his way;
My heart was bought and my heart was sold
Upon a summer’s day.

He brought me horses and banners bold,
I bade him go his way;
My heart was bought and my heart was sold
Upon a summer’s day.

For a sigh, a song, and a tale half-told,
And for a wisp of hay,
My heart was bought and my heart was sold
Upon a summer’s day.”

He looked at the fisherman’s daughter. Her eyes were blue as the sky, and her cheeks were fresh as the salt sea. He looked at her and he fell in love with her at first sight. And she blushed and looked down, and although neither of them had spoken a word, they both knew that they would love each other for ever and ever.

The next day the Prince said good-bye to the fisherman’s daughter, and when he said good-bye her eyes filled with tears so that it hurt him to go away. The sun was shining on the sea and a fresh breeze was blowing, and many white sails were scudding in the distance through the foam, and something stirred and leapt in the Prince’s heart, and before he knew what he had done, he said: “I love you, and I shall always love you, and I am going away.”

“Take me with you,” said the fisherman’s daughter, and the Prince smiled and lifted the fisherman’s daughter on to his saddle, and they galloped away into the morning. They rode on and on, but the Prince guided his horse to a dark forest. The thick grass underneath them was wet with dew, and the bushes and the undergrowth glistened in the sunlight. The blackbird was whistling, and the finches answered him from the oak-trees, and far away the cuckoo called over and over again.

Soon they reached a dark pool. Up to now the Prince had not spoken a word. He got off his horse and lifted the fisherman’s daughter, who was as light as a feather, on to the ground.

“Now,” he said, “I have got a sad tale to tell you. I am not really what you think I am. I am not a handsome Prince, but only a poor crippled hunchback, so ugly that people hate to look at me.”

“What does it matter?” said the fisherman’s daughter. “I would love you whether you were a hunchback or not. Perhaps I should love you even more.”

“We will see,” he said; “at any rate I have made up my mind to be what I am for ever and not to deceive people any more.” And he threw his ring into the pool.

Then a soft moan was heard in the forest, and the birds flew away from their nests. The Prince stood before the fisherman’s daughter in his true shape: a hunchback and a cripple. He was so sad that he cried bitterly, just as he had done on the day when his brothers had deserted him.

The fisherman’s daughter cried too, to see that he was sad; but she kissed away his tears, and she told him that she loved him more than ever, and he knew by the sound of her voice that it was true.

Then he heard a voice coming from the pool, which said: “Look into the pool.”

And they both looked and saw the reflection of the Prince. The hunchback had gone, and he was big, handsome, and strong, and just as he had been when the fisherman’s daughter had first seen him. And then they both laughed, and kissed each other over and over again. The Prince had regained his splendid shape, which he was never to lose again; and he put the fisherman’s daughter on his horse, and they rode home to the castle where he had been born, and they found his mother looking out of the window in case he should come back that day; and they were married the next morning in great pomp, and his two brothers came back–everything had fared ill with them, and they were poor and miserable–and he forgave them, and the Prince and the fisherman’s daughter lived happily for ever afterwards.