El amigo fiel, Oscar Wilde (Español 1)


Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojillos redondos y brillantes y unos poblados bigotes grises, y su cola parecía una larga goma negra. Unos pequeños patos nadaban en el estanque y parecían una bandada de canarios amarillos, y su madre, que era de un blanco purísimo, con patas de rojo vivo, intentaba enseñarles cómo había que meter la cabeza en el agua.
–Nunca podréis ser de la buena sociedad si no sabéis hundir la cabeza –les decía. Y les volvía a enseñar cómo se hacía. Pero los patitos no ponían atención. Eran tan jóvenes que no conocían las ventajas de formar parte de la buena sociedad.
–¡Qué niños tan desobedientes! –exclamó la vieja rata de agua–. En verdad que merecían ahogarse.
–Nada de eso –contestó la pata–; todo tiene su principio y los padres tienen que ser pacientes.
–¡Ah! Yo no sé nada de los sentimientos de los padres –dijo la rata de agua–. No tengo familia. En resumen, nunca he estado casada ni he intentado estarlo. El amor está muy bien, pero la amistad es algo mucho más elevado. Realmente, no sé que haya nada en el mundo más noble y más raro que una amistad fiel.
–Te ruego que me digas cuál es tu idea de los deberes de un amigo fiel –dijo un jilguero verde que estaba en un sauce y había escuchado la conversación.
–Sí, eso es precisamente lo que yo quiero saber –dijo la pata. Y se dirigió al extremo del estanque, introduciendo la cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.
–¡Qué pregunta más tonta! –exclamó la rata de agua–. Un amigo fiel es simplemente el que nos demuestra fidelidad, naturalmente.
–¿Y qué le darías tú a cambio? –preguntó el pajarillo, balanceándose en una rama plateada y agitando las alas.
–No te entiendo –contestó la rata de agua.
–Permíteme que te cuente una historia sobre el tema –dijo el jilguero.
–¿Es una historia referente a mí? –preguntó la rata de agua–. Si es así, la escucharé, porque me gustan mucho los cuentos.
–Es aplicable a ti –contestó el jilguero. Y bajó volando del árbol, se posó a la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.
–Érase una vez –dijo el jilguero– un hombre muy honrado llamado Hans.
–¿Era una persona muy distinguida? –preguntó la rata de agua.
–No –contestó el jilguero–, no creo que se distinguiera por nada, excepto por su buen corazón y su cara redonda y alegre. Vivía en una pequeña casita y todos los días trabajaba en su jardín. En toda aquella parte del país no había un jardín tan bello como el suyo. Allí crecían alhelíes, claveles y rosas de Francia. Había rosas de Damasco, rosas amarillas, azafranes lilas y oro y violetas blancas y purpúreas. Las mejoranas, velloritas, agavanzos, narcisos y claveros se sucedían según los meses, y una flor sustituía a la otra, así que siempre había algo bello que mirar y algún agradable aroma que oler.
“El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más fiel de todos era el obeso Hugo, el molinero. Realmente, tan fiel era el rico molinero con el pequeño Hans, que nunca atravesaba su jardín sin inclinarse sobre las plantas y recoger un gran ramo de flores o verduras, o llenar sus bolsillos de cerezas o ciruelas, si era la época de la fruta.
–Los verdaderos amigos deben compartirlo todo –solía decir el molinero–; y el pequeño Hans asentía sonriendo y se sentía muy orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles. Sin embargo, algunas veces los vecinos pensaban que era muy extraño que el rico molinero nunca le diera nada a cambio al pequeño Hans, aunque tenía cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran rebaño de ovejas; pero Hans nunca se preocupó de estas cosas y nada le daba un placer tan grande como el escuchar todas las maravillosas palabras que el molinero acostumbraba decir sobre el desinterés de la amistad verdadera.
” Así, pues, el pequeño Hans trabajaba en su jardín. Durante la primavera, el verano y el otoño era muy feliz, pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni flores para llevar al mercado, pasaba mucho frío y hambre y, frecuentemente, se iba a la cama sin haber cenado más que unas pasas secas y unas nueces duras. También en el invierno se encontraba solo, pues entonces el molinero nunca venía a verle.
”–No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras haya nieve –solía decirle el molinero a su esposa–, porque cuando la gente tiene alguna preocupación les gusta estar solos y no tener visitas. Ésa, al menos, es mi idea de la amistad, y estoy seguro de que tengo razón. Así que esperaré a que llegue la primavera y entonces le haré una visita y él me dará una gran cesta de velloritas y le haré muy feliz.”
–Ciertamente eres muy atento con los demás –le contestaba su esposa, sentada al fuego en un gran sillón–; en verdad que eres muy atento. Es muy agradable oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que ni el sacerdote podría decir las cosas que dices tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el dedo meñique.”
–Pero, ¿no podríamos invitar al pequeño Hans a que viniera aquí? –dijo el niño más joven del molinero–. Si el pobre Hans está necesitado yo le daré la mitad de mi comida y le enseñaré mis conejos blancos.
”–¡Qué tonto eres! –exclamó el molinero–. Realmente no sé qué utilidad tiene el enviarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí y viera nuestro fuego, nuestra buena comida y nuestra gran cuba de vino tinto, podría estar envidioso y la envidia es la cosa más terrible y echa a perder el carácter de cualquiera. Y yo, desde luego, no permitiré que el carácter de Hans se eche a perder. Soy su mejor amigo y siempre velaré por él y procuraré que no caiga en ninguna tentación. Además, si Hans viniera aquí podría pedirme que le prestara un poco de harina, y eso no puedo hacerlo. La harina es una cosa y la amistad es otra, y ambas no deben confundirse. Las dos palabras se escriben diferente y significan cosas completamente diferentes. Todo el mundo sabe eso.”
–¡Qué bien hablas! –dijo la esposa del molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente–. Estoy como inconsciente. Como si estuviera en la iglesia.”
–Mucha gente obra bien –contestó el molinero–, pero muy pocos hablan bien, lo cual demuestra que hablar es mucho más difícil y más bello.”
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, el cual se sintió tan avergonzado que bajó la cabeza, se puso colorado y comenzó a llorar encima de su taza de té. Realmente era tan joven que podía perdonársele.
–¿Éste es el final de la historia? –preguntó la rata de agua.
–Desde luego que no –contestó el jilguero–; éste es el principio.
–Entonces andas muy atrasado para esta época –dijo la rata de agua–. Todos los buenos cuentistas de nuestros días empiezan por el final y después continúan por el principio y acaban por la mitad. Ése es el nuevo método. Lo oí el otro día de labios de un crítico que paseaba alrededor del estanque con un joven. Hablaba del asunto con gran conocimiento, y estoy segura que debía estar en lo cierto, porque llevaba gafas azules y era calvo, y cuando el joven le hacía alguna observación siempre contestaba: “¡Psche!” Pero te ruego que sigas con tu historia. Me gusta mucho el molinero. Posee toda clase de bellos sentimientos; así, pues, tiene que existir entre ambos una gran simpatía.
–Bien –dijo el jilguero, saltando sobre una pata y después sobre la otra–, tan pronto como pasó el invierno y las velloritas comenzaron a abrir sus estrellas de color amarillo pálido, el molinero le dijo a su mujer que iba a ver al pequeño Hans.
”–¡Qué buen corazón tienes! –exclamó ella–. Siempre estás pensando en los demás. Acuérdate de llevar la cesta grande para traer las flores.
” Así, pues, el molinero ató las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó por la colina con la cesta al brazo.
”–Buenos días, pequeño Hans –dijo el molinero.”– Buenos días –dijo Hans, apoyándose en su azada y sonriendo de oreja a oreja.”–¿Cómo te ha ido durante el invierno? –dijo el molinero.
”–Bien, muy bien –exclamó Hans–. Es muy amable por tu parte el preguntármelo; muy amable, en verdad. Me temo que he tenido que pasar días duros, pero ahora ha llegado la primavera y soy completamente feliz, y todas mis flores están espléndidas.
”–Muchas veces hablábamos de ti durante el invierno, Hans –dijo el molinero–, y nos preguntábamos qué tal estarías.”–Eres muy amable –dijo Hans–. Siempre temí que me hubieras olvidado.
”–Hans, eso me sorprende –dijo el molinero–. La amistad nunca se olvida. Eso es lo más maravilloso de ella, pero me temo que tú no entiendes la poesía de la vida. ¡Qué bellas son tus velloritas!
”–Ciertamente, son muy bellas –dijo Hans–, y tengo mucha suerte al poseer tantas. Voy a llevarlas al mercado y se las venderé a la hija del burgomaestre, y así podré volver a comprar con ese dinero mi carretilla.”–¿Volver a comprar tu carretilla? ¿Quieres decir que la has vendido? ¡Qué estupidez!”–Bueno, el hecho es –dijo Hans– que me vi obligado a hacerlo. Ya sabes que el invierno es muy malo para mí y que no tengo dinero para comprar pan. Así, pues, primero vendí los botones de plata de mi traje de los domingos, después vendí mi cadena de plata, después mi gran flauta y por último la carretilla. Pero ahora voy a comprarlo todo de nuevo.”–Hans –dijo el molinero–, yo te daré mi carretilla. No está en muy buen uso; en realidad, le falta un lado y tiene estropeados algunos radios; pero a pesar de eso te la daré. Sé que soy muy generoso y mucha gente pensará que hago una tontería, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además tengo una carretilla nueva. Sí, no tienes que preocuparte; te daré mi carretilla.
”–Realmente eres muy generoso –dijo el pequeño Hans; y su rostro alegre y redondo se puso reluciente de placer–. Puedo repararla fácilmente, porque tengo en casa una tabla.
”–¡Una tabla! –dijo el molinero–. Eso es justamente lo que yo quiero para el techo de mi granero. Hay un agujero muy grande y el grano se mojará si no lo tapo. ¡Qué suerte que la mencionaras! Desde luego una buena acción siempre hace nacer otra. Yo te he dado mi carretilla y ahora tú me darás tu tabla. Naturalmente, la carretilla vale más que la tabla, pero la verdadera amistad nunca tiene en cuenta estas cosas. Te ruego que me la des ahora, pues me pondré a trabajar en mi granero hoy mismo.
”–Desde luego –exclamó el pequeño Hans; y se metió corriendo en su casa, sacando al momento la tabla.
”–No es muy grande –dijo el molinero mirándola–, y me temo que después que yo haya arreglado el techo de mi granero tú no tendrás con qué arreglar la carretilla; pero, desde luego, eso no es culpa mía. Y ahora, como te he dado mi carretilla, estoy seguro que querrás darme a cambio algunas flores. Aquí está la cesta; espero que la llenes del todo.
”–¿Llenarla del todo? –dijo el pequeño Hans tristemente, porque era en verdad una cesta muy grande y él sabía que si la llenaba se quedaría sin flores para llevar al mercado, y estaba ansioso por recuperar sus botones de plata.
”–Bueno, realmente –contestó el molinero–, como te he dado mi carretilla no creo que sea mucho pedir unas pocas flores. Puede ser que me equivoque, pero creo que la amistad, la verdadera amistad, está libre de todo egoísmo.
”–Mi querido amigo, mi mejor amigo –exclamó el pequeño Hans–, todas las flores de mi jardín son tuyas. Me importa mucho más que tengas una buena opinión de mí que volver a tener mis botones de plata.
”Y corrió a coger todas sus velloritas y llenó la cesta del molinero.
”–Adiós, pequeño Hans –dijo el molinero, y se marchó colina arriba con la tabla al hombro y la gran cesta al brazo.
”–Adiós –dijo el pequeño Hans; y empezó a cavar alegremente, pues estaba muy contento de volver a tener carretilla.
”Al día siguiente estaba sujetando unas enredaderas sobre el porche cuando oyó la voz del molinero que le llamaba desde la carretera. Saltó de la escalera, atravesó el jardín y miró por encima del muro. Allí estaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda.
”–Querido Hans –dijo el molinero–, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado?”–¡Oh! Lo siento –dijo Hans–, pero estoy muy ocupado hoy. Tengo que sujetar las enredaderas, regar todas mis flores y segar el césped.
”–Bueno –dijo el molinero–, creo que considerando que voy a darte mi carretilla no es de buen amigo el negarte.
”–¡Oh! Yo no he dicho eso –exclamó el pequeño Hans–. No me negaría por nada del mundo.
”Y corrió a coger su gorro y salió con el saco al hombro. Era un día caluroso y la carretera estaba llena de polvo, y antes que Hans hubiera recorrido seis millas estaba tan fatigado que se sentó a descansar. Sin embargo, continuó su camino con muchas energías, hasta que por fin llegó al mercado. Después de estar allí algún tiempo, vendió el saco de harina por un buen precio y volvió a casa inmediatamente, porque temía que si se entretenía demasiado podría encontrarse con ladrones en el camino.
”–Ciertamente ha sido un día duro –se dijo el pequeño Hans cuando se metía en la cama–, pero estoy contento de no haberme negado a hacer el encargo del molinero, porque es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.”Por la mañana temprano el molinero volvió por el dinero del saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que aún se encontraba en la cama. ”–¡Qué perezoso eres! –dijo el molinero–. Realmente, considerando que voy a darte mi carretilla, creo que deberías trabajar más. La pereza es un gran pecado, y no me gusta que ninguno de mis amigos sea vago o perezoso. Te hablo sin ningún rodeo. Desde luego, ni soñaría en hacerlo si no fuera tu amigo. Pero, ¿qué tendría de bueno la amistad si uno no pudiera decir lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas encantadoras e intentar hacerse agradable y hacer halagos, pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables y no le preocupa causar dolor. En verdad, si es realmente un verdadero amigo, lo prefiere, porque sabe que está obrando bien.
”–Lo siento mucho –dijo el pequeño Hans frotándose los ojos y quitándose el gorro de dormir–, pero estaba tan cansado que pensé quedarme en la cama un poco más y escuchar el canto de los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor después de oír cantar a los pájaros?
”–Bueno, me alegro de eso –dijo el molinero golpeándole la espalda amistosamente–, porque quiero que vayas al molino, tan pronto como te hayas vestido, para arreglar el techo de mi granero.
”El pobre Hans estaba deseando trabajar en su jardín, porque no había regado sus flores desde hacía dos días, pero no quería negarse a la petición del molinero, pues éste era un formidable amigo para él.
”–¿Crees que no sería amistoso por mi parte el decirte que estoy ocupado? –inquirió dando un suspiro y con voz tímida.”–Realmente –contestó el molinero–, no creo que sea mucho pedirte considerando que voy a darte mi carretilla; pero, desde luego, si te negaras iré a hacerlo yo mismo.
”–¡Oh! ¡De ningún modo! –exclamó el pequeño Hans, y saltó de la cama, se vistió y se fue al granero.
”Trabajó todo el día, hasta el atardecer, y entonces vino el molinero a ver qué tal iba la tarea.
”–¿Has tapado ya el agujero, pequeño Hans? –exclamó el molinero con voz alegre.
”–Está completamente tapado –contestó el pequeño Hans, bajando la escalera.
”–¡Ah! –dijo el molinero–. No hay trabajo tan agradable como el que se hace para el prójimo.
”–Ciertamente es un gran privilegio oírte hablar –respondió el pequeño Hans sentándose y secando el sudor de su frente–. Un gran privilegio. Pero temo que nunca tendré ideas tan bellas como las tuyas.
”–¡Oh! Las tendrás –dijo el molinero–, pero debes tomarte más interés. En el presente sólo tienes la práctica de la amistad; algún día tendrás también la teoría.
”–¿Crees eso realmente? –preguntó el pequeño Hans.
”–No me cabe duda –contestó el molinero­–; pero ahora que has arreglado el tejado, lo mejor es que te vayas a casa a descansar, porque mañana deseo que lleves mi rebaño a la montaña.
”El pobre Hans no osó poner ninguna objeción a esto, y por la mañana temprano el molinero trajo su rebaño hasta su casa y Hans se marchó con las ovejas a la montaña. Entre ir y volver se le fue todo el día, y cuando regresó estaba tan cansado que se durmió en su silla y no se despertó hasta bien avanzada la mañana.
”–¡Qué delicioso tiempo tendré en mi jardín! –dijo; y salió a trabajar al momento.
”Pero nunca pudo volver a cuidar sus flores, porque su amigo el molinero venía siempre para enviarle a un largo recado o para llevarle a él a trabajar al molino. El pequeño Hans a veces estaba muy preocupado, pues temía que sus flores pensaran que las había olvidado, pero se consolaba diciéndose que el molinero era su mejor amigo.
”–Además –solía decir–, va a darme su carretilla, y ese es un acto de pura generosidad.
”Y el pequeño Hans trabajó para el molinero, y éste le dijo toda clase de cosas bellas acerca de la amistad, las cuales Hans anotó en un cuaderno y leyó por las noches, porque era muy buen discípulo.
”Ahora bien: una noche que Hans estaba sentado junto al fuego oyó que llamaban muy fuerte en su puerta. Era una noche de perros y el viento soplaba alrededor de la casa tan terriblemente que al principio creyó que el ruido era de la tormenta. Pero se oyó un segundo golpe y después un tercero más fuerte que los otros.
”–Será algún pobre viajero –dijo el pequeño Hans para sí; y corrió hacia la puerta.
”Allí estaba el molinero con una linterna en una mano y un gran bastón en la otra.
”–Querido Hans –exclamó el molinero–, tengo un gran problema. Mi hijito se ha caído de una escalera y se ha herido. Voy a buscar al doctor. Pero vive tan lejos y hace tan mala noche, que se me ha ocurrido que sería mucho mejor que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte mi carretilla y es justo que tú me des algo a cambio.
”–Ciertamente –exclamó el pequeño Hans–. Me gusta poder ayudarte y saldré inmediatamente. Pero debes dejarme tu linterna, pues la noche es tan oscura que tengo miedo de caer en un precipicio.
”–Lo siento mucho –contestó el molinero–, pero es mi linterna nueva y sería para mí una gran pérdida si le ocurriera algo.
”–Bueno, no importa; iré sin ella –exclamó el pequeño Hans.
”Tomó su abrigo de pieles, su gorra escarlata, se envolvió el cuello con una bufanda y salió.
”¡Qué tormenta tan horrorosa había! La noche era tan negra que el pequeño Hans casi no podía ver y el viento era tan fuerte que casi no podía andar. Sin embargo, era muy animoso, y después de andar tres horas llegó a casa del doctor y llamó a la puerta.
”–¿Quién es? –exclamó el doctor, asomando la cabeza por la ventana del dormitorio.
”–El pequeño Hans, doctor.”–¿Qué quieres, pequeño Hans?
”–El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha herido, y el molinero quiere que vaya usted inmediatamente.”–¡Muy bien! –dijo el doctor.
”Tomó sus grandes botas y su linterna, bajó las escaleras, montó en su caballo y galopó en dirección a la casa del molinero, con el pequeño Hans caminando tras él trabajosamente.
”Pero la tormenta iba creciendo cada vez más y la lluvia caía a torrentes, y el pequeño Hans no podía ver por dónde iba ni podía seguir al caballo. Por fin se perdió y anduvo por el pantano, que era un lugar muy peligroso, pues estaba lleno de profundos agujeros, y el pobre Hans cayó en uno de ellos. Su cuerpo lo encontraron al día siguiente unos pastores flotando en un gran charco de agua y lo llevaron a su casa.
”Todos fueron al funeral del pequeño Hans, pues era muy popular, y el molinero presidió el duelo.
”–Como yo era su mejor amigo –dijo el molinero–, es lógico que ocupe este puesto.
”Y caminó a la cabeza de la procesión con una gran capa negra, limpiándose los ojos de cuando en cuando con un gran pañuelo.
”–El pequeño Hans ha sido ciertamente una gran pérdida para todos –dijo el herrero cuando terminó el funeral.
”Y todos se sentaron confortablemente en la fonda a beber vino aromático y a comer pasteles dulces.
”–Una gran pérdida para mí –contestó el molinero–, porque iba a darle mi carretilla, y ahora realmente no sé qué hacer con ella. Está en tan mal estado que no podría conseguir nada si la vendiera. Ya no volveré a dar nada. En verdad, uno sufre por ser generoso.”
–¿Y bien? –dijo la rata de agua después de una larga pausa.
–Ése es el final –dijo el jilguero.
–Pero, ¿qué fue del molinero? –preguntó la rata de agua.
–¡Oh! Realmente no lo sé –replicó el jilguero–. Y tampoco me preocupa.
–Es evidente que no tienes un carácter simpático –dijo la rata de agua.
–Temo que no hayas comprendido la moraleja de la historia –dijo el jilguero.
–¿La qué? –exclamó la rata de agua.
–La moraleja.
–¿Quieres decir que la historia tiene una moraleja?
–Ciertamente –dijo el jilguero.
–Eso debías habérmelo dicho antes de empezar –dijo la rata de agua en tono de enfado–. Si lo hubieras hecho no te habría escuchado. Te hubiera dicho: “¡Psche!”, como el crítico. Sin embargo, puedo decírtelo ahora. Y exclamó “¡Psche!” con toda la potencia de su voz; y haciendo un movimiento con el rabo se metió en su agujero.
–¿Qué te parece la rata de agua? –preguntó la pata, que se acercó unos minutos después–. Tiene buenas virtudes; pero por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un soltero empedernido sin que mis ojos se llenen de lágrimas.
–Temo haberle molestado –contestó el jilguero–. El hecho es que le conté una historia con moraleja.
–¡Ah! Eso siempre es muy peligroso –dijo la pata.
Y yo estoy de acuerdo con ella.

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The Model Millionaire, Oscar Wilde

Unless one is wealthy there is no use in being a charming fellow. Romance is the privilege of the rich, not the profession of the unemployed. The poor should be practical and prosaic. It is better to have a permanent income than to be fascinating. These are the great truths of modern life which Hughie Erskine never realised. Poor Hughie! Intellectually, we must admit, he was not of much importance. He never said a brilliant or even an ill-natured thing in his life. But then he was wonderfully good-looking, with his crisp brown hair, his clear-cut profile, and his grey eyes. He was as popular with men as he was with women, and he had every accomplishment except that of making money. His father had bequeathed him his cavalry sword, and a History of the Peninsular War in fifteen volumes. Hughie hung the first over his looking-glass, put the second on a shelf between Ruff’s Guide and Bailey’s Magazine, and lived on two hundred a year that an old aunt allowed him. He had tried everything. He had gone on the Stock Exchange for six months; but what was a butterfly to do among bulls and bears? He had been a tea-merchant for a little longer, but had soon tired of pekoe and souchong. Then he had tried selling dry sherry. That did not answer; the sherry was a little too dry. Ultimately he became nothing, a delightful, ineffectual young man with a perfect profile and no profession.

To make matters worse, he was in love. The girl he loved was Laura Merton, the daughter of a retired Colonel who had lost his temper and his digestion in India, and had never found either of them again. Laura adored him, and he was ready to kiss her shoe-strings. They were the handsomest couple in London, and had not a penny-piece between them. The Colonel was very fond of Hughie, but would not hear of any engagement.

‘Come to me, my boy, when you have got ten thousand pounds of your own, and we will see about it,’ he used to say; and Hughie looked very glum on those days, and had to go to Laura for consolation.

One morning, as he was on his way to Holland Park, where the Mertons lived, he dropped in to see a great friend of his, Alan Trevor. Trevor was a painter. Indeed, few people escape that nowadays. But he was also an artist, and artists are rather rare. Personally he was a strange rough fellow, with a freckled face and a red ragged beard. However, when he took up the brush he was a real master, and his pictures were eagerly sought after. He had been very much attracted by Hughie at first, it must be acknowledged, entirely on account of his personal charm. ‘The only people a painter should know,’ he used to say, ‘are people who are bete and beautiful, people who are an artistic pleasure to look at and an intellectual repose to talk to. Men who are dandies and women who are darlings rule the world, at least they should do so.’ However, after he got to know Hughie better, he liked him quite as much for his bright buoyant spirits and his generous reckless nature, and had given him the permanent entree to his studio.

When Hughie came in he found Trevor putting the finishing touches to a wonderful life-size picture of a beggar-man. The beggar himself was standing on a raised platform in a corner of the studio. He was a wizened old man, with a face like wrinkled parchment, and a most piteous expression. Over his shoulders was flung a coarse brown cloak, all tears and tatters; his thick boots were patched and cobbled, and with one hand he leant on a rough stick, while with the other he held out his battered hat for alms.

     ‘What an amazing model!’ whispered Hughie, as he shook hands with his friend.

‘An amazing model?’ shouted Trevor at the top of his voice; ‘I should think so! Such beggars as he are not to be met with every day. A trouvaille, mort cher; a living Velasquez! My stars! what an etching Rembrandt would have made of him!’

‘Poor old chap! said Hughie, ‘how miserable he looks! But I suppose, to you painters, his face is his fortune?’

‘Certainly,’ replied Trevor, ‘you don’t want a beggar to look happy, do you?’

‘How much does a model get for sitting?’ asked Hughie, as he found himself a comfortable seat on a divan.

‘A shilling an hour.’

‘And how much do you get for your picture, Alan?’

‘Oh, for this I get two thousand!’

‘Pounds?’

‘Guineas. Painters, poets, and physicians always get guineas.’

‘Well, I think the model should have a percentage,’ cried Hughie, laughing; ‘they work quite as hard as you do.’

‘Nonsense, nonsense! Why, look at the trouble of laying on the paint alone, and standing all day long at one’s easel! It’s all very well, Hughie, for you to talk, but I assure you that there are moments when Art almost attains to the dignity of manual labour. But you mustn’t chatter; I’m very busy. Smoke a cigarette, and keep quiet.’

     After some time the servant came in, and told Trevor that the frame-maker wanted to speak to him.

‘Don’t run away, Hughie,’ he said, as he went out, ‘I will be back in a moment.’

The old beggar-man took advantage of Trevor’s absence to rest for a moment on a wooden bench that was behind him. He looked so forlorn and wretched that Hughie could not help pitying him, and felt in his pockets to see what money he had. All he could find was a sovereign and some coppers. ‘Poor old fellow,’ he thought to himself, ‘he wants it more than I do, but it means no hansoms for a fortnight;’ and he walked across the studio and slipped the sovereign into the beggar’s hand.

The old man started, and a faint smile flitted across his withered lips. ‘Thank you, sir,’ he said, ‘thank you.’

Then Trevor arrived, and Hughie took his leave, blushing a little at what he had done. He spent the day with Laura, got a charming scolding for his extravagance, and had to walk home.

That night he strolled into the Palette Club about eleven o’clock, and found Trevor sitting by himself in the smoking-room drinking hock and seltzer.

‘Well, Alan, did you get the picture finished all right?’ he said, as he lit his cigarette.

‘Finished and framed, my boy!’ answered Trevor; ‘and, by-the-bye, you have made a conquest. That old model you saw is quite devoted to you. I had to tell him all about you – who you are, where you live, what your income is, what prospects you have–‘

‘My dear Alan,’ cried Hughie, ‘I shall probably find him waiting for me when I go home. But of course you are only joking. Poor old wretch! I wish I could do something for him. I think it is dreadful that any one should be so miserable. I have got heaps of old clothes at home – do you think he would care for any of them? Why, his rags were falling to bits.’

     ‘But he looks splendid in them,’ said Trevor. ‘I wouldn’t paint him in a frock-coat for anything. What you call rags I call romance. What seems poverty to you is picturesqueness to me. However, I’ll tell him of your offer.’

‘Alan,’ said Hughie seriously, ‘you painters are a heartless lot.’

‘An artist’s heart is his head,’ replied Trevor; ‘and besides, our business is to realise the world as we see it, not to reform it as we know it. a chacun son metier. And now tell me how Laura is. The old model was quite interested in her.’

‘You don’t mean to say you talked to him about her?’ said Hughie.

‘Certainly I did. He knows all about the relentless colonel, the lovely Laura, and the £10,000.’

‘You told that old beggar all my private affairs?’ cried Hughie, looking very red and angry.

‘My dear boy,’ said Trevor, smiling, ‘that old beggar, as you call him, is one of the richest men in Europe. He could buy all London to-morrow without overdrawing his account. He has a house in every capital, dines off gold plate, and can prevent Russia going to war when he chooses.’

‘What on earth do you mean?’ exclaimed Hughie.

‘What I say,’ said Trevor. ‘The old man you saw to-day in the studio was Baron Hausberg. He is a great friend of mine, buys all my pictures and that sort of thing, and gave me a commission a month ago to paint him as a beggar. Que voulez-vous? La fantaisie d’un millionnaire! And I must say he made a magnificent figure in his rags, or perhaps I should say in my rags; they are an old suit I got in Spain.’

‘Baron Hausberg!’ cried Hughie. ‘Good heavens! I gave him a sovereign!’ and he sank into an armchair the picture of dismay.

     ‘Gave him a sovereign!’ shouted Trevor, and he burst into a roar of laughter. ‘My dear boy, you’ll never see it again. Son affaire c’est l’argent des autres.

‘I think you might have told me, Alan,’ said Hughie sulkily, ‘and not have let me make such a fool of myself.’

‘Well, to begin with, Hughie,’ said Trevor, ‘it never entered my mind that you went about distributing alms in that reckless way. I can understand your kissing a pretty model, but your giving a sovereign to an ugly one – by Jove, no! Besides, the fact is that I really was not at home to-day to any one; and when you came in I didn’t know whether Hausberg would like his name mentioned. You know he wasn’t in full dress.’

‘What a duffer he must think me!’ said Hughie.

‘Not at all. He was in the highest spirits after you left; kept chuckling to himself and rubbing his old wrinkled hands together. I couldn’t make out why he was so interested to know all about you; but I see it all now. He’ll invest your sovereign for you, Hughie, pay you the interest every six months, and have a capital story to tell after dinner.’

‘I am an unlucky devil,’ growled Hughie. ‘The best thing I can do is to go to bed; and, my dear Alan, you mustn’t tell any one. I shouldn’t dare show my face in the Row.’

‘Nonsense! It reflects the highest credit on your philanthropic spirit, Hughie. And don’t run away. Have another cigarette, and you can talk about Laura as much as you like.’

However, Hughie wouldn’t stop, but walked home, feeling very unhappy, and leaving Alan Trevor in fits of laughter.

The next morning, as he was at breakfast, the servant brought him up a card on which was written, ‘Monsieur Gustave Naudin, de la part de M. le Baron Hausberg.’

     ‘I suppose he has come for an apology,’ said Hughie to himself; and he told the servant to show the visitor up.

     An old gentleman with gold spectacles and grey hair came into the room, and said, in a slight French accent, ‘Have I the honour of addressing Monsieur Erskine?’

     Hughie bowed.

     ‘I have come from Baron Hausberg,’ he continued. ‘The Baron–‘

     ‘I beg, sir, that you will offer him my sincerest apologies,’ stammered Hughie.

     ‘The Baron,’ said the old gentleman, with a smile, ‘has commissioned me to bring you this letter;’ and he extended a sealed envelope.

     On the outside was written, ‘A wedding present to Hugh Erskine and Laura Merton, from an old beggar,’ and inside was a cheque for £10,000.

     When they were married Alan Trevor was the best-man, and the Baron made a speech at the wedding-breakfast.

     ‘Millionaire models,’ remarked Alan, ‘are rare enough; but, by Jove, model millionaires are rarer still!’